Hechos de los Apóstoles 8,5-8.14-17 / 1 Pedro 3,15-18 / Juan 14,15-21
«Anunciad esta nueva con gritos de alegría», cantábamos al comenzar esta Misa. La primera lectura nos decía que la gente de Samaría “se alegró” mucho al oír lo que Felipe les explicaba sobre Jesús. El salmista ha cantado que “Él, [el Señor], es nuestra alegría”, y la oración colecta hablaba del tiempo de Pascua como “este tiempo de júbilo”. Y es que, como vemos, la alegría es un tema que recorre toda la Pascua de forma transversal. Por eso hoy comenzamos esta homilía con una invitación a preguntarnos: ¿qué es realmente la alegría?
Imaginemos que los alumnos de una escuela fueron a pasar un día a un conocido parque de atracciones. Se lo pasaron muy bien; hacía tiempo que esperaban aquel día con ilusión, y cuando llegó el momento las expectativas no se quedaron cortas. Y, naturalmente, hubo emoción, entusiasmo y alegría. Pero, ¿es esta la alegría en mayúsculas? Podríamos decir que esta es una parte de la alegría, pero que no la agota. Como decía un autor antiguo: «La verdadera alegría no viene de las cosas que pasan, sino de aquello que habita dentro del corazón».
Por lo tanto, hay algo más… Volvamos a las lecturas para intentar averiguarlo. En Samaría, la gente se alegró no solo porque habían visto cosas sorprendentes, sino porque habían acogido la palabra de Dios y habían recibido el don del Espíritu Santo. Y en el evangelio, Jesús no prometió solo un momento agradable, sino una presencia estable a través del Espíritu: «No os dejaré huérfanos… vendremos a morar en vosotros». Quizás aquí empezamos a entender que la alegría de la Pascua no es un instante, sino una presencia: la del Señor resucitado que habita en medio de nosotros gracias a la presencia del Espíritu Santo.
Y por eso llamamos a este tiempo pascual que celebramos como el tiempo de “la gran alegría de los cristianos”. Intentemos, pues, dar un paso más para ver en qué consiste esta alegría. La misma liturgia nos ha introducido en ella cuando cantábamos: «Anunciad esta nueva con gritos de alegría… el Señor ha salvado a su pueblo». No se trata de una alegría superficial, sino de la alegría de una salvación que nos ha sido dada. Y el evangelio nos daba la clave: «Vendremos a morar en él». Dios no solo actúa desde fuera, sino que viene a habitar en nosotros gracias a su Espíritu Santo. Por eso otro autor decía que “allí donde Dios habita, hay una alegría que no se acaba”.
Esta es la alegría pascual: no depende de lo que nos pasa, sino del hecho de que Cristo está vivo, que no nos deja solos, y que su Espíritu habita en nosotros. Por eso san Pedro nos decía en la segunda lectura que podemos dar razón de nuestra esperanza incluso en medio de las dificultades. Porque la alegría cristiana no elimina los problemas, sino que los atraviesa con una luz nueva. Y eso es lo que hacemos en esta celebración: no solo hablamos de esta alegría, sino que entramos en ella. El Señor resucitado se hace presente, nos habla, y nos da su Espíritu para que esta alegría arraigue en nuestro interior.
Volvamos ahora a aquel grupo de alumnos. Después de haber vivido aquel día, en un rato de reflexión se preguntaron qué era realmente la alegría. Y uno de ellos dijo algo muy sencillo: «Yo estoy contento cuando sé que alguien me ama». Aquí ya se acercaron mucho más al centro de la cuestión. Porque cuando nos sabemos amados, la alegría no es solo un momento pasajero, sino una realidad más profunda y estable. Y si esto es así cuando nos amamos entre nosotros, ¿no será mejor cuando nos sabemos amados por Dios?
¿Qué hay mejor que saber que Jesucristo ha dado la vida por nosotros, que ha resucitado, y que nos abre un camino que no se acaba? La resurrección de Jesús nos dice que las dificultades no tienen la última palabra, que nuestra vida tiene sentido, y que estamos llamados a una plenitud eterna. Esta es la alegría de la Pascua: saber que no estamos solos, que somos amados, y que nuestra vida está en manos de Dios. Y esto cambia la manera de vivir del cristiano. No vive igual quien piensa que todo se acaba aquí, que quien sabe que su vida está orientada hacia la vida eterna. Esta alegría se nota en la manera de afrontar las dificultades, en la manera de tratar a los demás, en la serenidad con que vivimos.
Y así podemos volver a la pregunta del principio: ¿qué es la alegría? Aquellos alumnos seguramente recordarán durante mucho tiempo las atracciones, las risas y el buen ambiente de aquel día; pero, si lo piensan bien, descubrirán que la alegría más grande no venía solo de pasárselo bien, sino de sentirse unidos, amados y acompañados. Y esto nos acerca mucho al misterio de la Pascua. Porque la alegría pascual es precisamente esta certeza: que Cristo está vivo, que no nos deja huérfanos, y que Dios habita en nosotros.
Y esta presencia de Dios en nuestro interior es obra del Espíritu Santo, aquel “Defensor” que Jesús prometía hoy en el evangelio, y que los discípulos recibieron plenamente el día de Pentecostés. Por eso, a medida que avanzamos hacia esta gran fiesta que celebraremos dentro de dos semanas, la liturgia ya nos empieza a preparar el corazón: el Espíritu Santo es quien hace posible esta alegría que no depende solo de las circunstancias, sino de saber que Dios está con nosotros y actúa en nuestro interior. Esta es la alegría que recorre toda la Pascua y que hoy celebramos de una manera especial: una alegría que no pasa, porque nace de la presencia viva de Dios en nosotros. Por eso la Iglesia puede seguir anunciando esta nueva “con gritos de alegría”.