Hechos de los Apóstoles 2:42-47 / 1 Pedro 1:3-9 / Juan 20:19-31
El sonreír de Dios
Six Seven.
Esta expresión, hermanos y hermanas, va acompañada de un gesto con las manos como de ponderación o equilibrio, y se ha puesto de moda entre las generaciones más jóvenes. Y no solo en nuestra casa, sino que es un fenómeno global o viral que se ha extendido por muchos países de todo el mundo. Os debo confesar que llevo meses intentando averiguar qué significado tiene y en qué contexto social se utiliza, pero todavía no lo he logrado. Podría parecer una expresión de ir al supermercado: «¿Cuántos yogures quieres?», dice el dependiente. «Six seven», contestan los jóvenes. Pero se ve que no. Un día me atreví a preguntar a los monaguillos qué quería decir, sabiendo que esto me identificaba claramente como un individuo del siglo pasado o incluso de la época de los dinosaurios. La respuesta fue muy poco aclaradora. Me dijeron: «Ah, esta es una expresión random». O sea que, nada de nada. Finalmente, acudí a la inteligencia artificial y me respondió, sin entrar en ningún tipo de polémica, que esta expresión se refería sencillamente a los números en inglés seis y siete. Por lo tanto, verdaderamente, parece una expresión sin un sentido determinado ni un uso social claro.
Son los signos de los tiempos. Seguramente muchos de nosotros preferiríamos que los jóvenes de nuestros días utilizaran frases extraídas de los grandes libros de la literatura universal de autores como Cervantes, Shakespeare o Pla... Pero se ve que nos tenemos que conformar con el six seven. De todas formas, quisiera usar esta expresión, que espero que haya arrancado alguna pequeña sonrisa entre los más jóvenes (o entre los no tan jóvenes), para hablar de la sonrisa de Dios. Creo que es una buena manera de hablar de la Pascua. ¿Dónde encontramos la sonrisa de Dios? Pues, si nos fijamos, no es una pregunta fácil de responder. Si tomamos el Antiguo Testamento, no parece que se nos muestre a un Dios muy risueño. Y si tomamos el Nuevo Testamento, la figura de Jesús tampoco se nos presenta como una persona risueña. Su persona, más bien, nos es descrita como alguien serio, digno, solemne. ¿Reía Jesús? Seguro que sí, no lo dudamos. Pero los evangelistas no destacaron este rasgo de su carácter en sus escritos. En la misma línea, la Regla de san Benito dice a los monjes que: «las groserías y las palabras ociosas que hacen reír, las condenamos en todo lugar a una eterna reclusión».
En cambio, ¿qué sería de la Pascua sin la alegría? La primera carta de san Pedro nos lo decía claramente: «Esto os debe dar una gran alegría, aunque ahora, si conviniera, os tuvieran que entristecer por poco tiempo diversas pruebas». También, en el evangelio que nos ha sido proclamado, cuando el Cristo resucitado se apareció, «los discípulos se alegraron de ver al Señor». Cierto que solo hace falta leer los periódicos o ver las noticias para desesperarse. Cierto que a menudo nuestra vida del día a día no es nada fácil y que suele llover siempre sobre mojado. Pero el reto del cristiano es el de vivir con alegría y esperanza. Aquella alegría y esperanza que provienen de saber que Cristo ha resucitado. Que la fealdad, la maldad y la mentira ya no tienen más la última palabra sino que ahora, finalmente, han triunfado la belleza, el bien y la verdad. El cristiano, a partir de la resurrección del Señor, es aquel que vive la alegría de saber que la muerte temporal ya ha dado el paso a la vida eterna.
Pero volvamos a la pregunta que nos formulábamos anteriormente y respecto de la cual todavía no hemos encontrado una respuesta: ¿dónde encontramos la sonrisa de Dios? En realidad, la encontramos en aquella página final de la Sagrada Escritura que todavía no ha sido escrita. La encontramos en aquel Cristo resucitado que nos espera al otro lado de la última y gran cortina. Un día, cada uno a la hora que le toque, nos tendremos que encontrar con Dios. Y es aquí donde veremos su sonrisa. La sonrisa que tendrá dibujada en el rostro para acogernos. Y cuando lo miremos, en realidad, veremos en ella todos aquellos rostros que a lo largo de nuestra vida nos han mirado y nos han sonreído con amor. La sonrisa de unos padres cuando ven a su hijo recién nacido, la sonrisa de los abuelos cuando ven por primera vez a su nieto, la sonrisa de los amigos descubriendo la vida, la sonrisa de los esposos que hacen camino juntos. Y todos ellos los veremos en la sonrisa de Dios cuando nos reciba y nos dé la felicidad eterna. Porque, hermanos y hermanas, la sonrisa de Dios en este mundo la hemos de poner nosotros.
Por eso, cuando nos encontremos con el Señor, él nos sonreirá y, quizás un poco burlón, hará un gesto con las manos y nos dirá: «Six seven».