Génesis 12,1-4a / 2 Timoteo 1,8b-10 / Mateo 17,1-9
Desde los primeros siglos de la Iglesia, el Evangelio de la Transfiguración es proclamado en la segunda semana de Cuaresma. Tiene lugar poco después de que Jesús acabara de anunciar a los discípulos que debía sufrir la pasión y que sería condenado a muerte. Ellos no lo entendieron. E incluso se escandalizaron. Por eso, hermanos y hermanas, viendo que les costaría comprender que Jesús debía pasar por el sufrimiento, Dios les permite descubrir momentáneamente la gloria de su Hijo. Así los prepara para afrontar la pasión y la muerte de Jesús que vendrían poco después.
Tal como hemos escuchado, el evangelista san Mateo lo explicaba así: el rostro de Jesús se volvió resplandeciente como el sol y sus vestidos blancos como la luz. Son rasgos que, según la Sagrada Escritura, corresponden a Dios, que está revestido de esplendor y majestad y envuelto en la luz como en un manto (Sal 103, 1-2). Aquel Jesús tan humano y tan cercano, que acababa de anunciar que debía sufrir mucho por parte de las autoridades del pueblo y que finalmente debía ser muerto, aparece ante los ojos de los tres testigos penetrado de la majestad divina. Era una anticipación de aquello que también les había anunciado: que, después de ser muerto, resucitaría al tercer día (Mt 16, 21). Los tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, contemplaron, pues, la grandeza divina de Jesús con sus propios ojos (cf. 2 Pe 1, 18). Y vieron cómo Moisés y Elías, es decir, la Ley y los profetas, daban testimonio de él.
Entonces, la voz divina, es decir, el Padre del cielo, dijo: Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido; escuchadlo. La voz divina revela cuál es el misterio, la realidad íntima, de Jesús, de aquel hombre extraordinario que los discípulos iban descubriendo. En la raíz de toda su obra está esta relación de amor indefectible con el Padre. También su entrega a la pasión y a la muerte es fruto de esta relación de amor.
Si en aquel momento de la vida de Jesús la transfiguración era una pedagogía de cara a los apóstoles, ahora, al inicio de la Cuaresma, es una pedagogía para nosotros, que nos hace ver el sentido profundo del tiempo cuaresmal que vivimos y de su culminación en la santa Pascua. Es una pedagogía sobre el fruto de transformación que debe dar en nosotros la vivencia de la Cuaresma y la gracia pascual que debemos recibir.
Estamos llamados a participar de la naturaleza divina de Jesucristo; la comenzamos a recibir en el bautismo y debe ir desplegándose en nuestra vida mediante el trabajo espiritual de ascesis; un trabajo centrado en poner en práctica la palabra de Dios que escuchamos de Jesús, él que, desde el momento en que lo hemos conocido, se ha convertido también en el objeto de nuestra complacencia.
A medida que en la oración contemplamos a Jesús transfigurado y escuchamos con dócil humildad su palabra, nos damos cuenta de que su luz penetra en nuestro interior como una claridad que ilumina lo más profundo de nosotros mismos y la realidad que nos rodea; nos damos cuenta de que su luz irradia una fuerza que nos lleva a actuar, a hacer vida el Evangelio, a testimoniar el don divino que se nos concede. Es un proceso que no suele ser rectilíneo, sino que, a causa de la fragilidad humana, suele tener altibajos. Y por eso la Iglesia nos ofrece el tiempo de Cuaresma como un itinerario de conversión y de renovación. Y, a través de este proceso, el misterio de Cristo se convierte en el misterio de nuestra vida.
Todos y cada uno somos hijos amados del Padre, incorporados a la única filiación de Jesucristo. Esto quiere decir que podemos abandonarnos en manos de Dios, tal como lo hizo Jesús, particularmente ante la pasión que debía afrontar. Y, cuando nos abandonamos en manos de Dios, es cuando Dios puede ir transfigurando nuestra persona, el cuerpo, el alma y el espíritu. Entonces, incluso las fragilidades y las imperfecciones pueden convertirse en una puerta a través de la cual Dios entre en nuestra vida. Nuestras contradicciones interiores y nuestros miedos permanecen; pero, si perseveramos unidos a Cristo, el Espíritu Santo penetra todo aquello que nos inquieta y hace que las tinieblas puedan ser iluminadas (cf. Frère Aloïs, de Taizé, Meditación en la Abadía de Cluny, 2.05.2010).
El evangelio de la Transfiguración nos ofrece, en tercer lugar, una enseñanza sobre el sentido último de nuestra existencia, de la existencia humana, que no es la corrupción del sepulcro, ni un montón de cenizas dentro de una urna, ni la disolución de nuestra persona. La Transfiguración de Jesús nos enseña a mirar el término de nuestra vida y el final de la historia humana como el momento en el cual será retirado el velo que nos impide ver al Señor tal como es, en su plenitud divino-humana. Y la contemplación gozosa de su rostro deseado transfigurará nuestra pequeñez y nos llevará a vivir en su plenitud pascual.
Jesucristo es la imagen auténtica del ser humano, del hombre y de la mujer, en plenitud, según Dios; la realización plena del proyecto que él tiene para la humanidad. Por eso, Dios, por medio de la Encarnación de su Hijo, nos ha dado aquello que quería otorgar a la humanidad desde la creación del mundo y que el cierre y el pecado humanos habían impedido. Nos ha dado la capacidad de participar de la vida divina (cf. 2 Pe 1, 4) por toda la eternidad. No son palabras bonitas, es el fruto de lo que anuncia la Transfiguración y que encontrará su plenitud en la Pascua.
Ya ahora, en esta vida, por gracia de Dios, podemos participar espiritual y en cierta manera de la experiencia de la Transfiguración por medio de la acogida de la Palabra de Jesús, del trabajo ascético y espiritual y de la vida litúrgica, que nos van transformando, transfigurando por dentro y nos permiten de algún modo anticipar, bajo el velo de la fe, la gloria futura. En este sentido, nosotros, los cristianos, debemos ser como la levadura dentro de la masa de la sociedad para hacer que todos los elementos de los que se compone la vida humana respondan a la verdadera dignidad del ser humano y así hacer progresar el mundo hacia la plenitud que nos es revelada en la Transfiguración del Señor.