Misa Exequial del P. Pius M Tragan (9 de desembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (9 de desembre de 2023)

Lamentaciones 3:17-26 / 2 Corintios 4:14-5:1 / Lucas 24:13-35

 

La muerte es, queridos hermanos y hermanas, la última pregunta, sobre la que hemos escrito y reflexionado mucho pero que nunca hemos llegado a explicar. La muerte, que vivimos como el término biológico de nuestra vida, pero que alarga su sombra sobre otras situaciones personales, que experimentamos de forma triste, amenazadora. Es muy normal que el contraste entre una vida que sentimos real y la seguridad de que esto acabará con la muerte algún día, sea el humus, donde nazca la esperanza de la inmortalidad, creando una tensión inmensamente creativa y fecunda.

La primera lectura del libro de las Lamentaciones nos planteaba la alternativa entre dos posibilidades esenciales: nos amargamos y envenenamos con nuestras reflexiones, alimentando todo tipo de tristezas o «hacemos revivir otros sentimientos que nos mantienen la esperanza». Una actitud es la de repliegue sobre uno mismo, la otra es de apertura, no a la euforia, sino a la confianza tranquila en Dios, a «esperar silenciosamente la salvación del Señor». La persona es la misma, la respuesta es totalmente distinta.

Es en ese momento donde la idea central del cristianismo, la posibilidad de la resurrección de entre los muertos a imagen de Jesucristo se convierte en confesión de la propia existencia de Dios. Se convierte en confesión de fe. La esperanza cristiana que pone nuestro futuro absoluto bajo la misericordia de Dios es en sí misma confesante, reconoce su presencia desde la Creación al cumplimiento final, en una línea sostenida por Dios mismo y en la que nuestras vidas concretas, queridas, irrepetibles y únicas son un punto de esta línea, llamadas a unirse a ella cuando después de morir Dios nos hace dignos, hecho en lo que confiamos por su gran misericordia.

Es por esta fe que nos viene de la noche pascual, recordada aquí con el cirio que encendimos y que proclamaba la resurrección de Jesucristo, que nos hemos reunido hoy para orar por su reposo y dar gracias por la vida de nuestro hermano el P. Pius Tragan difunto.

Es por esta fe que podemos cantar: «Que Cristo te acoja en la gloria» o «Que la luz perpetua lo ilumine», como hemos hecho acompañando el cuerpo de nuestro hermano, al entrarlo en esta Basílica de Montserrat por última vez.

Es por esta fe que a todas las preguntas que nos hace la carta a los cristianos de Roma, que hemos leído como segunda lectura: ¿Quién nos acusará? ¿Quién nos condenará? ¿Quién nos alejará? y al miedo profundo de toda una serie de situaciones vitales que nos plantea, salimos apostando por la vida y confesando que tenemos a Dios a nuestro favor y que nada, ni la muerte, es capaz de alejarnos de ese Dios, que Cristo ha demostrado cómo nos ama.

La condición única e irrepetible de cada hijo e hija de Dios hace que el momento de la muerte sea adecuado para contemplar la riqueza de los dones que recibimos del Señor. La fe existe en cada persona creyente concreta y ocupa todo su ser, ninguna dimensión humana ha quedado fuera de la Encarnación del Verbo, de esta “Palabra que se hizo carne para iluminar a todos los que vivían en las tinieblas (Jn 1, )”. Es con toda la persona que vivimos nuestra fe, sobre todo con la inteligencia que somos capaces de elaborarla.

Al despedir al P. Pius no podemos dejar de contemplar cómo la fe también se apodera de la inteligencia y la obliga, la cuestiona, es más, es una dimensión irrenunciable. San Anselmo, el mayor de los teólogos benedictinos, ya lo tenía claro en el siglo undécimo, cuando escribió: “Así como el recto orden exige que creamos con fe profunda antes de pretender cuestionarla, me parecería una negligencia si después de haber sido confirmados en la fe, no tuviera todo el celo para entender lo que creo” (1). ita negligentia mihi videtur, si postquam confirmati sumus in fide, non studemus quod credimus intelligere. Quizá sea el mayor estímulo intelectual que puede recibir alguien: ese estímulo que le enfrenta al misterio inefable de las grandes cuestiones vitales, que las respuestas cristianas dadas por la Iglesia no se pueden dar nunca por cerradas, sino que son fuente de creatividad, de espíritu, de riqueza interior. Creo que se puede decir justamente que la vida del Padre Pius-Ramon Tragan estuvo marcada por no permitirse “anselmianamente” la negligencia de no entender lo que creyó.

La muerte puso fin a la vida del Padre Pius M. Tragan el jueves por la noche, en la enfermería del monasterio. Acababa así su larga peregrinación en este mundo. Una vida que empezó en Esparreguera en 1928, hace más de 95 años, donde recibió el nombre de bautismo de Ramón que utilizaría muchos años después junto con el nombre monástico de Pius María. La intensidad con la que vivió el P. Pius se explica sobre todo por su amor a la vida, porque era una perfecta encarnación del intelectual comprometido en la búsqueda de la verdad, para él sobre todo búsqueda de la verdad de la fe, de Dios, de la Biblia, de la persona de Jesucristo. En su extenso currículum, visto todo en conjunto, con todas las etapas una tras otra, queda claro que se arriesgó siempre para poder continuar la investigación, el pensamiento y la reflexión, superando bastantes crisis graves de salud, que nunca le habrían hecho pensar que llegaría a la edad que tenía cuando murió y a vivir casi 75 años de profesión monástica.

Montserrat fue su primera escuela, y después, siguiendo primero al P. Abad Aureli M. Escarré, de quien fue secretario en el momento del exilio de Montserrat y al que acompañó a Viboldone, junto a Milán, Múnich, Jerusalén y Estrasburgo fueron las sedes donde contactó con el pensamiento teológico avanzado y la investigación bíblica moderna, especialmente dedicada al Nuevo Testamento, de la que haría su gran pasión. Montserrat, Estrasburgo y Roma, su querida Roma, fueron las cátedras donde compartió generosamente el resultado de toda su actividad intelectual, de forma cordial, que causaba impacto por su sabiduría, por la claridad con la que explicaba y por la profundidad del intelectual que siempre busca el porqué más profundo de aquello que sabe y que aprende.

Era la fe recibida de joven, enriquecida con tantas y tantas lecturas y clases, uno de los potentes estímulos de su inteligencia y de su curiosidad natural. Encarnaba realmente al sabio benedictino que se ha tomado como deber y como tarea la búsqueda de la verdad.

Incluso, podía llegar al sentido del humor, como una vez cuando me dijo: “¡Vi lo que pasó antes, he visto qué está pasando ahora, y ahora lo siento porque no veré cómo se acabará!” Últimamente incluso me manifestaba una curiosidad frente a la muerte. ¿Cómo será? ¿Sabemos algo? -Una pregunta que me parece totalmente honesta, ya que la buena teología nunca pierde la conciencia de la inefabilidad radical de todo lo que explica, – pero yo le decía protestando y en broma: “Soy el profesor de escatología y me paso muchas horas explicando todo lo que ocurre después! No me lo deshaga todo”. Lúcido hasta el mismo día de su muerte, todavía al mediodía, me reconoció como Padre Abad y quiso que le diéramos en comunidad el sacramento de la unción de los enfermos.

La civilización cristiana ha aportado al mundo y a la cultura tantas figuras en las que reconocemos las capacidades intelectuales un camino de virtud, cultivado con disciplina. Si Dios ha querido encarnarse en un ser inteligente como Jesús de Nazaret es porque también la inteligencia puede ser un vehículo del amor. Es más, me atrevería a decir que el estudio puede refinar a la persona haciéndola más capaz de amar, más capaz de compartir. Esto, que no ocurre en todos los intelectuales, podemos decir que se produjo en la vida del P. Pius y por eso estos días hemos recibido infinitas muestras, no sólo de reconocimiento intelectual sino de agradecimiento por el cariño y la amistad con la que trató a tantos familiares, amigos, colegas y discípulos, como Jesucristo, el Buen Pastor, a quien él dedicó la tesis doctoral, hacía con sus amigos. De todo damos gracias a Dios.

Si ninguna vida está exenta de ambigüedades, tampoco puede estarlo una vida tan larga e intensa como la de Pius. Por eso estamos también aquí, para orar por él, para ayudarle en este paso definitivo de este mundo a la casa de Dios, porque en ese momento final cuando Jesucristo le habrá dicho:

Yo soy la resurrección y la vida. Quienes creen en mí, aunque mueran vivirán. Y todos los que viven y creen en mí, jamás morirán. ¿Lo crees esto?

Podamos nosotros acompañarle con nuestra oración a responder con Marta:

Sí. Señor. Yo creo que os sois el Mesías. El Hijo de Dios que había de venir al mundo.

El final de la historia personal permanece siempre en manos de Jesucristo, pero resucitó a Lázaro y resucitó él mismo de entre las muertes, como conmemoramos en cada eucaristía.

(1) Sicut rectus ordo exigit ut profunda fidei prius credamus priusquam ea praesumamus ratione discutere, ita negligentia mihi videtur, si postquam confirmati sumus in fide, non studemus quod credimus intelligere (Cur Deus Homo II)

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Pius M Tragan (9 de desembre de 2023)

Misa Exequial del P. Martí M. Roig (9 de marzo de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (9 de marzo de 2023)

Lamentaciones 3:17-26 / 2 Corintios 4:14-5:1 / Lucas 24:13-35

 

«Es bueno esperar silenciosamente la salvación del Señor». Estas palabras del libro de las Lamentaciones con las que terminaba la primera lectura describen bien nuestra actitud en este tiempo de Cuaresma que estamos viviendo. Colectivamente esperamos la Pascua. La esperamos austeramente, en el silencio que se va extendiendo durante las semanas de este tiempo centrado en la conversión, que es un proceso que nos ayuda a reflexionar sobre nuestra condición mientras estamos en el mundo, con la voluntad puesta, sin embargo, siempre, en otra realidad, la de Dios, la del Señor, la de Jesucristo resucitado.

Nuestra vida de cristianos es una vida de conversión, de girarse desde una realidad a otra. Casi diría que la vida de cualquier persona humana es una vida de conversión, en tanto que es o querría ser una vida de progreso personal, de eso que ahora en las escuelas llaman progresar adecuadamente. De modo especial los monjes llamamos a nuestra opción monástica: conversión: una vida llamada a convertirnos. Esto es, ir de un sitio a otro.

El momento de la muerte es el único en el que podemos ser conscientes del todo de cómo nos hemos convertido, pero el conocimiento de esto ya es o será entonces privilegio de Dios, puesto que las dimensiones más profundas de la persona le pertenecen, tal y como reza la cuarta oración eucarística que al orar por los difuntos dice: “cuya fe sólo Dios ha conocido”.

La muerte sorprendió a nuestro hermano el Padre Martí Roig y Coromina la noche del pasado domingo, después de haber pasado un día totalmente normal. Un aneurisma le provocó una muerte inmediata. Le faltaba un mes justo para cumplir ochenta y seis años, hacía sesenta y dos que era monje y cincuenta y cinco que era sacerdote. Murió silenciosamente, sin hacer ruido, sin avisar siquiera. Como hermanos tenemos el pesar de no haberlo podido acompañar en este último momento final, que es con todo tan entrañable en la vida de la comunidad, y seguro que compartimos ese sentimiento con la familia y los amigos que estáis aquí, o os unís a la celebración desde lejos, o estáis espiritualmente en comunión con todos nosotros.

Todas las lecturas de hoy tienen en cuenta esta idea de la distancia que existe en nuestras vidas entre la realidad en la que vivimos y aquella que anhelamos. Pero también tenemos claro que no están separadas, aisladas, sino que existe un recorrido que nos da la posibilidad de caminar hacia ese lugar y estado diferente, movidos por un deseo. Hablo de posibilidad porque podríamos quedarnos encerrados en nuestros límites, que nos llevarían sin duda alguna al pesimismo con el que empezaba la primera lectura, la del libro de las Lamentaciones: “Mi alma vive lejos del bienestar (…) el recuerdo de mis penas y de mi abandono me amarga y envenena (Lm 3, 17-26)”; un pesimismo que también compartían los discípulos de Emaús en un camino en el que parecía que sólo el fracaso y la derrota estuvieran presentes. Pero ser cristianos es no quedarnos nunca en esta realidad, sino avanzar, andar. Ser capaces de decir con el libro de las Lamentaciones: «Pero ahora quiero revivir otros pensamientos que me mantendrán la esperanza»; ser cristianos significa poder acoger como los discípulos lo desconocido en el camino, aunque parezca que venga del huerto, porque quizá sea precisamente él, quien nos aclare el sentido de nuestra realidad, aparentemente oscura e insípida.

Pero naturalmente quien nos coge la mano en este camino, como el buen pastor y nos conduce durante toda la vida, en la muerte y después de la muerte es Jesucristo, que nos confirma que toda la esperanza que tenemos puesta en los favores de Dios, en su nueva piedad cada mañana, en su fidelidad inmensa y en nuestra capacidad de decirle: “mi parte es el Señor”, no cae en el vacío, sino que es confirmada en su resurrección, que compartimos todos los bautizados.

Sé que el P. Martí, porque él mismo me lo había comentado, aconsejaba mantenerse en esa esperanza de la fe a personas que se encontraban ante dificultades. Seguro que también la esperanza silenciosa de la salvación le fue guiando. El P. Martí Roig Coromina nació en Barcelona en 1937 en una familia cristiana y fue bautizado con el nombre de Juan. Tuvo la juventud normal de un joven católico de esa época hasta llegar a estudiar algunos cursos de medicina en la Universidad de Barcelona. Entró en el monasterio en 1958, vistió el hábito de novicio en 1959 y hizo su primera profesión en 1960, para continuar los estudios en nuestro monasterio hasta la ordenación de presbítero en 1967. En su vida de monje, vivió de cerca y amó y sirvió tanto la realidad de las personas humanas como la de la naturaleza, las dos expresiones de las maravillas que nos revela la Creación de Dios. Sólo hablando de sus principales servicios a la comunidad, en el primer gran ámbito, el de las personas, cabe destacar que fue el enfermero del monasterio durante veinticuatro años y el último consiliario de los trabajadores de Montserrat, y vio por tanto la transformación que el Santuario experimentó entre 1970 y 1987, cuando poco a poco, dejó de ser el lugar de residencia habitual de nuestros trabajadores. También fue el encargado del orden y la seguridad del santuario y acompañó también a una comunidad de religiosas carmelitas. Todos estos servicios le llevaron a tener relaciones con mucha gente. Algunos de ellos nos acompañan hoy, testimoniando la estima que le tenían. En el ámbito de la naturaleza fue el encargado del jardín, del trabajo en las tierras y en la granja del Miracle y últimamente en las fincas de Can Castells y Can Martorell al pie de la montaña, lo conectaron a la tierra y al oficio de payés y se sentía bien haciéndolo. Una tarea que conecta directamente con la bondad que Dios nos manifiesta con los frutos de la tierra y la dureza de un trabajo que siempre se encuentra con dificultades. Personalmente compartimos muchos ratos hablando de las posibilidades y el futuro de la tierra. Estos últimos años, con algunos problemas de movilidad, quiso ser útil a la comunidad y en la que hacía presente en los días de fiesta hasta casi el último día de su vida.

Durante nuestra vida se nos hace el don de reconocer a Jesucristo en muchos momentos concretos y anhelamos que al final le veremos cara a cara, directamente y que entonces se cumplirá del todo nuestra esperanza. Caminar con esta fe el camino de la vida, hace que mientras nos envejecemos en el cuerpo y en la vida exterior, nos renovemos en el espíritu y en la vida interior como decía San Pablo en la segunda lectura, porque “no apuntamos a esto que vemos sino a lo que no vemos”.

Ésta es nuestra oración hoy por el Padre Martí, conscientes de que sólo Dios conoce la profundidad, la auténtica vivencia personal que, a través de tantos servicios, de tantos contactos, de tantas personas, formaron su camino monástico, su oración, su vida de conversión. Al final de toda vida humana, nos encontramos en el fondo con el misterio de una persona, que aún muy cercana y hermana, sólo podemos encomendar a aquel que penetra los corazones de todos, a Dios, Señor de la vida, que en la resurrección de Jesús se ha afirmado precisamente vencedor de la muerte y nos ha abierto la esperanza de un futuro de plenitud, de una meta y un destino. Él es también, como en Emaús, el único capaz de interpretar el sentido de nuestra vida con Dios, el significado de nuestra vida de fe para los demás.

Caminemos cada uno de nosotros hacia la Pascua donde, aparte de vivir del todo la realidad del Espíritu, confiamos hacerlo juntos, en la comunión de los santos y reencontrarnos con todos nuestros seres queridos. Para los monjes más concretamente, de reencontrarnos también con lo que familiarmente decimos el Montserrat del Cielo, donde nos esperan todos los que nos han precedido, con Santa María que vela por esta casa y con todo el Pueblo santo y glorificado de Dios.

Y sabemos que el camino es Jesús que se hace prójimo y por eso hoy tomaremos sus mismas palabras y acompañaremos el cuerpo de nuestro hermano Martí, mientras cantamos: “Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí, aunque muera vivirá, y todo aquel que vive y cree en mí no morirá eternamente”.

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Martí M. Roig (9 de marzo de 2023)