Domingo XVIII del tiempo ordinario (1 de agosto de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (1 de agosto de 2021)

Éxodo 16:2-4.12-15 / Efesios 4:17.20-24 / Juan 6:24-3

 

Hoy, la Liturgia nos trae un tema único: la separación del Reino de Dios del reino del mundo. No opuestos, sino independientes. «No se puede servir a Dios y al dinero» y «dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César».

Hoy, la cultura del bienestar, de las instalaciones y de la comunicación nos empuja en la dirección fácil, pero de esclavitud: hacia abajo, y nos hace olvidar la dirección hacia arriba, de libertad, hacia Dios. Y no se trata de negar la bondad de los medios modernos que favorecen la independencia de la vida, sino de no quedar absorbidos, subyugados. Jesús no se negó a participar en actos humanos, pero su misión fue la de enseñarnos a buscar a Dios, sobre todo. Y esto lo ha olvidado la cultura actual. Es más, se opone. Y con ello deforma la imagen del hombre, que es cuerpo y espíritu. Es terrenal y destinado al cielo. De lo contrario, ¿qué sentido tiene la existencia? ¿Ser como los animales? ¡Creo que somos algo más!

El texto del Éxodo presenta al pueblo pidiendo comida en el desierto, y Dios les concede un pan y una comida inesperados, pero los pone a prueba exigiéndoles recoger sólo para cada día. Quiere que reconozcan su dependencia, que él tiene providencia de su pueblo. Es decir, quiere que crean en él.

San Pablo nos dice que los creyentes no podemos vivir como los paganos que no conocen a Dios, que viven volcados a las cosas corruptibles; que «Cristo os ha enseñado… a renovaros en la mente y en el espíritu. Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, y vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas». Es necesario, pues, que tengan conciencia de que son hijos de Dios y que lo demuestren con su vida, que sean hijos de la luz y no de las tinieblas, a fin de que quienes los vean glorifiquen al Padre del cielo. Están en el mundo, pero no viven como el mundo. Que somos caminantes hacia el cielo.

En el Evangelio vemos que la gente busca a Jesús entusiasmada, porque les ha dado pan multiplicado milagrosamente. Pero Jesús les pide que busquen el pan que no se estropea y da vida eterna. ¿Qué pan? Es necesario que crean en aquel que Dios ha enviado, que es el que realmente ha bajado del cielo; no como el pan que dio Moisés en el desierto. Y este pan es él mismo. Él es el pan que da la vida verdadera y satisface plenamente el hambre; y él, quien también apaga la sed con el vino de su sangre. Es decir, Jesús apunta a la dimensión del hombre destinado a la vida eterna, pero hay que tener fe en él. Y eso, evidentemente, conlleva renuncias, no en la dimensión material, sino a la esclavitud de estas cosas. Hay que usar de ellas, pero usarlas bien, nunca abusando. Hay que ser señores y no sirvientes de ellas. Hay que ser libres y no sus esclavos. Es seguir el camino estrecho que lleva a la vida eterna.

Si tuviéramos presentes los miles de toneladas de comida que anualmente se tiran en los países ricos, por su mal uso, quizás los pobres no pasarían tanta hambre. Si fuéramos cuidadosos con los residuos que polucionan tierras, ríos y mares; si no malgastásemos carburantes fósiles, podríamos tener un clima más favorable y se evitarían lluvias devastadoras. Es cuestión de conciencia responsable. De seriedad cristiana. Esta conducta se traduce en esta frase de Jesús: «Haz a los demás lo que quisieras que te hicieran a ti». Esto es hacer la voluntad de Dios: no buscar mi bien o mi comodidad, sino evitar hacer daño a los demás con mi mala conducta. Y es que podemos matar sin disparar un arma, de lejos, desperdiciando. Que Dios nos abra los ojos en este camino del amor que lleva hacia el cielo.

Abadia de MontserratDomingo XVIII del tiempo ordinario (1 de agosto de 2021)

Domingo de la XVIII semana de durante el año (2 agosto 2020)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje y Rector del Santuario de Montserrat (2 de agosto de 2020)

Isaías 55:1-3 – Romanos 8:35.37-39 – Mateo 15:1-2.10-14

 

Cuando Jesús hablaba del Reino del cielo no se refería a palacios y a castillos, a grandes paradas militares o ruas espléndidas, ni siquiera a manifestaciones multitudinarias de la fe. Hablaba de algo que pasa dentro del corazón humano cuando este hace del evangelio su tesoro más preciado y se da cuenta de que este tesoro vale más que todo.

La multitud que escuchaba Jesús, esto, se lo creyó y acogieron por unos momentos la palabra de Dios que se les dirigía como un verdadero tesoro que valía más que todo, tanto, que, escuchando al Señor, se les hizo oscuro y no habían pensado ni en la comida. Sólo los discípulos se habían provisto de algunos panes y peces. Quizás querían comer tranquilos comentando la jornada y compartiendo impresiones con Jesús, pero el caso es que se encontraron desbordados. La gente no se iba, se hacía tarde y los discípulos querían comer. ¡Jesús ya había curado suficientemente enfermos, que querían más! Pero el Señor, viendo la situación que se daba encontró la ocasión perfecta para hacer visible este Reino del cielo que Él predicaba. Así, junto con la salvación expresada en las curaciones, el compartir el pan anunciaría la redención, porque la misión de Jesús no era sólo de liberar al hombre de la esclavitud del pecado sino la de devolverlo a su semejanza original de comunión con Dios y con los hermanos, y lo anticipó con el signo de compartir la abundancia de lo poco que tenían, de compartirlo dando gracias a Dios y bendiciéndolo.

Y esto es el reino de Dios: dar gracias a Dios, bendecir su nombre y compartir el pan que recibimos de su generosidad y que es fruto de la tierra y del trabajo del hombre tal como decimos en el ofertorio. ¿Os imagináis a Jesús alzando los ojos al cielo como llevando la humanidad hacia el Padre, uniéndola toda en una oración de acción de gracias y de bendición? ¿Os imagináis la alegría que puede suponer para una familia que valora el Evangelio como el tesoro más grande, dar gracias y bendecir a Dios en torno a la mesa, compartiendo la humanidad y la vida que genera una comida de fiesta? Bendecir la mesa es más que una costumbre de los abuelos, es una forma de vivir el sacerdocio común de los fieles que ofrece a Dios una oblación espiritual y da gracias por el don de la vida y crea fraternidad. Es una manera de entender y comunicar la vida similar a la de Jesús, una manera de hacer presente el Reino de los cielos que pedimos cada día en el Padre nuestro. No se necesita gran cosa, basta una conciencia gozosa de la presencia de Dios en lo cotidiano de nuestra vida, la conciencia de saber que el pan que da vida no es el que se come sino el que se comparte.

El peligro de nuestro ritmo de vida es el de vivir una tragedia similar a la tragedia del rey Midas que, en su afán de poder llegó a convertir todo lo que tocaba en oro, incluso la comida, y naturalmente acabó muerto de hambre. Nosotros tenemos el peligro de gastar nuestra vida en lo que deslumbra nuestros ojos, pero no ilumina nuestro espíritu, perdernos por lo que satisface nuestros cinco sentidos, pero no el sentido de la vida. Aquí resuenan aquellas palabras del profeta: ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura?

El mundo puede que no espere grandes milagros, pero necesita signos como los de Jesús, signos desde el compromiso en el día a día, signos de empatía y de compasión que, sin palabras, hablan de ese Dios que en Jesús continúa mostrando su amor hacia los hombres y mujeres de hoy. El lenguaje de la compasión no es ideología, es evangelio compartido. Ante la injusticia, el sufrimiento y la muerte no necesitamos palabras sino compromiso, cercanía y cariño como signos que ponen en valor la dignidad responsable de la persona e iluminan el sentido trascendente de la vida.

¿Os imagináis a Jesús, en medio de la multitud, medio devota medio escéptica, no importa, pero en medio de ella, compartiendo sus sufrimientos, curando sus heridas, partiendo el pan,

dando gracias y bendiciendo a Dios, alzando los ojos al cielo como haciéndola participar de este Reino que Él trae consigo? Esto es lo que hace en cada eucaristía. Como no celebrarlo, y agradecerlo, pero, sobre todo: ¡vivirlo y compartirlo!

Abadia de MontserratDomingo de la XVIII semana de durante el año (2 agosto 2020)