16 de septiembre de 2026
San Cornelio y san Cipriano
Hoy, día 16 de septiembre, celebramos la festividad de los mártires: san Cornelio, papa, y san Cipriano, obispo. Celebramos juntos su memoria porque ambos mantuvieron en vida una sólida amistad, basada en la misma fe y en el mismo combate. Ambos fueron testigos de la fe en tiempos de persecución y lucharon por la unidad y la fe de la Iglesia.

San Cornelio, papa y mártir

Nacido a finales del siglo II, era presbítero en Roma cuando fue elegido papa en el año 251, tras la persecución del emperador Decio. Durante su breve pontificado tuvo que afrontar el cisma promovido por Novaciano, que lo acusaba de ser demasiado indulgente con los lapsi, los cristianos que habían apostatado durante la persecución y querían regresar a la Iglesia. Según Novaciano, como la Iglesia es una Iglesia de santos, no puede tolerar la presencia de pecadores en su seno. Cornelio, con el apoyo de san Cipriano y de otros obispos, defendió que quienes habían caído podían ser reconciliados tras una adecuada penitencia. Con esta actitud contribuyó a preservar la unidad de la Iglesia.
Durante la persecución del emperador Galo, fue exiliado a Centumcellae, la actual Civitavecchia, donde murió en el año 253. San Cipriano lo llamó mártir por la firmeza con que había defendido la fe y la Iglesia.

San Cipriano, obispo y mártir

Nacido en Cartago hacia el año 210, fue un prestigioso retórico hasta que, ya adulto, se convirtió al cristianismo en el año 246. Poco después fue ordenado presbítero y, en el año 249, elegido obispo de Cartago. Durante las persecuciones tuvo que vivir escondido durante un tiempo, pero mantuvo una intensa correspondencia con las comunidades cristianas y defendió con firmeza la unidad de la Iglesia.
Estrechamente vinculado al papa Cornelio, se opuso al rigorismo de los novacianos y defendió que los cristianos que habían apostatado pudieran volver a la comunión tras una larga penitencia. También dejó numerosos escritos sobre la fe, la vida cristiana y la unidad de la Iglesia, entre los cuales destaca la conocida afirmación: «No puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre». Durante la persecución de Valeriano regresó a Cartago para dar testimonio de su fe y fue decapitado en el año 258.