8 de julio de 2026
San Procopio, Beato Eugenio III y Santos Aquila y Priscila
Hoy, día 8 de julio, celebramos la festividad de: San Procopio, mártir; del beato Eugenio III, papa; y de los santos Aquila y Priscila.

San Procopio, mártir

Fue la primera víctima de la persecución de Diocleciano en Palestina, fue trasladado desde Escitópolis hasta Cesarea de Palestina por manifestar su fe cristiana: “no hay dioses, solo hay un único Dios, Creador de todas las cosas”. Allí fue decapitado por orden del juez Fabiano en el 303. Débil en la ciencia profana, fue fuerte en la palabra de Dios. Sus actas martiriales terminan diciendo: “Jesucristo reinó; a Él honor y gloria por todos los siglos”.

Beato Eugenio III, papa

Bernardo Paganelli nació cerca de Pisa, llegó a canónigo en la catedral de Pisa y, tras su encuentro con san Bernardo, se hizo monjo cisterciense de Claraval. Fue elegido papa en 1145 cuando era abad del monasterio de Tre Fontane, tomando el nombre de Eugenio III. Invitó a su antiguo maestro san Bernardo a predicar la segunda cruzada, quien le dedicó el Tratado “De la consideración”, donde afirmaba que el papa tenía como principal deber atender las cosas espirituales. Fue responsable de la reforma de la Iglesia, y como papa vivió la austeridad de la vida monástica hasta su muerte. Murió el 8 de julio de 1153, siendo beatificado en 1872.

Santos Aquila y Priscila (o Prisca)

Aquila era originario del Ponto (en la actual Turquía, junto al Mar Negro) y tras emigrar a Roma se casó con una mujer romana llamada Priscila. Juntos abrieron un establecimiento de fabricación de tiendas y cortinas y se convirtieron al cristianismo.

Con motivo de la expulsión de los judíos decretada por el emperador Claudio en el año 49, se instalaron en Corinto. Formaban parte de la más primitiva comunidad cristiana hasta el punto de que su casa era lugar de reunión de los fieles. Al llegar san Pablo por primera vez a Corinto, se unieron a él y establecieron una fuerte colaboración, hasta el punto de exponer su vida para salvar la del apóstol. Más tarde lo acompañaron a Éfeso y pronto su casa se convirtió en punto de referencia para la comunidad cristiana que se juntaba para escuchar la Palabra y celebrar la Eucaristía. Una vez terminó la prohibición imperial de expulsión de los judíos, regresaron a Roma, siempre atentos al impulso misionero y dando testimonio del Resucitado.