20 de junio de 2026
San Silverio, santa Florentina y beata Margarita Ball
Hoy, día 20 de junio, celebramos la festividad de san Silverio, papa y mártir; de santa Florentina, abadesa; y de la beata Margarita Ball, mártir.

San Silverio, papa y mártir

Nació cerca de Roma hacia el año 480. Descrito por las crónicas como un hombre bueno y humilde, llegó a la Sede de san Pedro en un momento turbulento de la historia. A pesar de sus esfuerzos pacificadores, acabó siendo víctima de la violencia política. Defendió la doctrina de la Iglesia y trabajó por la paz. Solo duró año y medio como papa porque, a instigación de la emperatriz Teodora, fue exiliado primero a Patara y posteriormente a la isla de Ponza (Italia meridional) por haber rehusado restablecer al patriarca herético de Constantinopla, depuesto por su predecesor. Murió en Ponza en el año 537 a causa de los maltratos sufridos y por inanición. Muy pronto comenzó a ser venerado como mártir.

Santa Florentina, abadesa

Hermana de los santos Leandro, Fulgencio e Isidoro de Sevilla, nació en Cartagena a mediados del siglo VI, y tuvo que exiliarse con la familia a Sevilla, tal vez a causa de la ocupación bizantina de la zona. Mujer culta, según testifican sus hermanos en sus obras, y dedicada a las cosas de Dios, fue abadesa de un monasterio en Écija, Sevilla, para el cual su hermano Leandro escribió una regla. Posteriormente fundó una cuarentena de monasterios femeninos. Murió hacia el año 633. Con la ocupación musulmana, sus restos fueron llevados a las montañas de Guadalupe, en Extremadura; de ahí viene la veneración de la que goza en la diócesis de Plasencia. También es patrona de la diócesis de Cartagena.

Beata Margarita Ball, mártir

Nacida en 1515 en el seno de una familia aristocrática irlandesa, se casó a los quince años con Bartolomé Ball, quien llegaría a ser Lord Mayor de Dublín. Según algunas fuentes tuvo hasta 20 hijos, de los cuales solo cinco llegarían a adultos. Cuando quedó viuda, abrió una escuela en su casa para niños católicos, recibiendo alumnos de toda la isla. Eran tiempos de persecución y también acogió a sacerdotes católicos. Un hijo suyo que quería seguir la carrera política la denunció y ella, al negarse a prestar juramiento renegando de la fe católica, permaneció tres años encarcelada en el castillo de Dublín, donde murió en 1584. Fue beatificada en 1992 junto con otros 16 mártires irlandeses.