22 de mayo de 2026
Santa Joaquina de Vedruna, Santa Rita de Casia y Santa Julia de Cartago

Hoy, día 22 de mayo, celebramos la festividad de: santa Joaquina de Vedruna, religiosa; de santa Rita de Casia, religiosa; y la de santa Julia de Cartago, mártir.
Santa Joaquina de Vedruna, religiosa
Nació en el año 1783 en el Raval de Barcelona. De joven quería ser monja carmelita. Pero se casó a los dieciséis años. Viuda con nueve hijos a los treinta y tres, vivió los altibajos del mantenimiento de la familia en unas circunstancias delicadísimas. Se estableció en Vic, en el Mas Escorial, que era propiedad de su marido. Allí se dedicó a la educación de los hijos, a la administración del patrimonio y a las obras de caridad: “Dios nos llama continuamente, ¿y nosotros le haremos oídos sordos?”.
Paralelamente, comenzó una obra de servicio a los enfermos y a la educación de las jóvenes, que cristalizaría en el año 1826 con la fundación de una nueva congregación animada por el capuchino fray Esteban de Olot, pero que por influencia del obispo de Vic adoptó la regla carmelitana: “las Carmelitas de la Caridad”, conocidas popularmente como “hermanas vedrunas". Una de sus máximas es: “Hazte cargo de los defectos de las personas con las que convives: es una manera de ir haciendo bueno nuestro corazón”.
Pasó el resto de su vida entre las relaciones familiares y las necesidades de la congregación. Habiendo soportado con serenidad todo tipo de vejaciones, murió afectada por el cólera en 1854 y fue subida a los altares en el año 1959.
Santa Rita de Casia, religiosa
Vino al mundo cerca del pueblo de Casia, en la Umbría italiana, hacia el año 1371. Campesina, casada y madre de dos hijos que murieron de la peste, su esposo, un hombre brutal, fue asesinado. Nuestra santa decidió entonces entrar en el monasterio de las agustinas de Santa Magdalena, donde vivió cuarenta años de vida de oración y de devoción a la pasión de Cristo. Fruto de la contemplación de la pasión, le aparecen en la frente las heridas de la corona del Crucificado, estigma que conservará hasta su muerte.
De ella se cuentan muchos milagros, y tuvo una gran fama de santidad. Para probar su humildad, la abadesa la hizo regar un tronco seco, y fue premiada con una viña exuberante. El invierno anterior a su muerte, pide a una prima que le traiga dos higos y una rosa del huerto paterno; la mujer se va pensando que está delirando y, cuando llega al huerto, se encuentra fuera de temporada los higos y la rosa, signos de que Dios ha acogido en el cielo a sus hijos y al esposo. El caso es que, desde entonces, a santa Rita se la conoce como “la santa de las rosas” y también “la santa de los imposibles”, porque hizo florecer en pleno invierno un rosal y una higuera.
Después de haber sufrido mucho, encuentra la paz eterna la noche del 21 al 22 de mayo de 1447. Sus últimas palabras dirigidas a sus hermanas monjas fueron: “permaneced en el santo amor de Jesús. Permaneced en la obediencia de la Santa Iglesia Romana. Permaneced en la paz y en la caridad eterna”. La perla preciosa de la Umbría fue canonizada en el año 1900.
Santa Julia de Cartago, mártir
Explica la tradición que santa Julia era una joven nacida y criada en Cartago, al norte de África, en el siglo V, donde florecía una comunidad cristiana importante. Julia fue capturada por los vándalos en el 439, cuando la ciudad de Cartago cayó en manos de Genserico, rey arriano, y vendida como esclava a Eusebio, un comerciante sirio. Fue una esclava dulce, sumisa y devota que sufrió martirio por haberse negado a adorar a dioses paganos: “mi libertad es servir a Cristo, al que doy alabanza cada día con la pureza de mi alma”. Sus reliquias fueron trasladadas a Brescia, Italia, donde Pablo I le consagró una iglesia en el año 763.