6 de mayo de 2026
San Evodio de Antioquía, San Domingo Savio y San Juan “ante Portam Latinam”

Hoy, día 6 de mayo, celebramos la festividad: de san Evodio, mártir; del adolescente san Domingo Savio; y la de san Juan “ante Portam Latinam”.
San Evodio de Antioquía, mártir
La Iglesia de Antioquía fue fundada por san Pedro y, cuando este marchó hacia Roma, dejó como obispo a san Evodio, tal como lo explica su sucesor san Ignacio de Antioquía. Posiblemente, nuestro santo acabó su vida con un glorioso martirio cerca del año 69. Los Hechos de los Apóstoles dicen que fue en Antioquía (la actual Antakya, capital de la provincia de Hatay en Turquía, cerca de Siria) donde los seguidores de Jesucristo empezaron a ser conocidos como cristianos, y algunos sostienen que fue por influencia suya.
San Domingo Savio, adolescente
Nace en el año 1842, hijo de un herrero y una modista de un pueblo cerca de Turín, Italia. Desde pequeño fue un chico muy piadoso. En 1853, a los once años, establece contacto con san Juan Bosco, y al año siguiente hace su entrada en el Oratorio de Turín. Desde entonces, san Juan Bosco lo guiará en el camino de una santidad sencilla, hecha de oración, estudio, alegría y servicio a los demás, que vivirá intensamente en el poco tiempo que le quedará de vida. Durante tres años ganó el premio al mejor compañero otorgado por votación popular entre los 800 alumnos del colegio: sus compañeros se admiraban de verle siempre tan alegre, amable y servicial con todos. Acostumbraba a decir: “nosotros demostramos la santidad estando siempre alegres”. Moriría de enfermedad pulmonar en 1857, poco antes de cumplir los quince años. Fue declarado santo en el año 1954.
San Juan “ante Portam Latinam”
La Iglesia antigua alabó las fiestas martiriales de los Apóstoles. En el siglo VIII, el papa Adriano dedicó el 6 de mayo una pequeña basílica a la memoria del fallido martirio del apóstol Juan, cerca de la puerta Latina de Roma.
Según narra la Leyenda Áurea, el apóstol se encontraba en la lejana Éfeso cuando el procónsul romano lo hizo detener y lo envió a Roma, donde le esperaba el emperador Domiciano. El senado lo condenó a morir sumergido en una caldera con aceite hirviendo, ante una de las catorce puertas que permitían traspasar las murallas nuevas de Roma. San Juan, sin embargo, salió de ella sin sufrir daños y "el apóstol amado" regresó a Éfeso, donde murió plácidamente.