21 de abril de 2026
San Anselmo y san Apolonio de Roma

Hoy, día 21 de abril, celebramos la festividad de san Anselmo, obispo y doctor, y de san Apolonio de Roma, mártir.
San Anselmo de Canterbury, obispo y doctor
Nacido en 1033 en el Valle de Aosta, al norte de Italia, fue monje benedictino, teólogo, filósofo escolástico y abad de Bec (Normandía), donde residió la mayor parte de su vida. Cuando aún era un muchacho, soñó que subía a una montaña muy alta hasta llegar al cielo; allí encontraba a Dios, que lo recibía como a un huésped y le daba pan blanco. El santo interpretó este sueño como una llamada divina que lo llevó al monasterio. Años más tarde, tuvo que dejar su monasterio para convertirse en arzobispo primado de Canterbury, donde se hubo de oponer al rey de Inglaterra para defender la libertad de la Iglesia, hecho que le valió dos exilios.
San Anselmo se distinguió como predicador, reformador e iniciador. Sus años más fructíferos intelectualmente fueron los pasados en Bec. Es uno de los fundadores de la teología escolástica, a quien la tradición cristiana atribuye el título de “Doctor Magnífico”. Su pensamiento teológico consiste en una búsqueda ardiente de Dios a la luz de la inteligencia y de la fe; representa un afán de racionalización sin perder el carácter contemplativo. Se convirtió en el mejor exponente del pensamiento monástico del siglo XI. Su lema más conocido es: “No busco comprender para creer, sino que creo para llegar a comprender”. Sus obras más célebres son el Monologion (soliloquio) y el Proslogion (coloquio), dedicadas a demostrar la existencia de Dios a posteriori y a priori, respectivamente.
Murió un 21 de abril del año 1109. Venerado como santo por las iglesias católica y anglicana, fue canonizado en 1163 y proclamado doctor de la Iglesia Católica en 1720.
San Apolonio de Roma, mártir
Patricio de cierto relieve dentro de la sociedad romana y conocido por su vasta cultura, en tiempos del emperador Cómodo (hacia el año 185) fue denunciado como cristiano, probablemente por uno de sus esclavos. Defendió con elocuencia su fe con un elaborado discurso ante el Senado: “Los decretos de los hombres no pueden suprimir el decreto de Dios. No nos resulta pesado morir por el Dios verdadero porque, mediante Él, somos lo que somos; para no morir de una mala muerte, lo soportamos todo con constancia. Ya estemos vivos o muertos, somos del Señor”. Durante el proceso, afirmó que cada día rogaba por el emperador, que reina en la tierra por la sola voluntad divina. Fue condenado a la decapitación.