27 de febrero de 2026
San Gregorio de Narek, San Gabriel de la Dolorosa y Beata Francisca Ana de la Dolorosa
Hoy, día 27 de febrero, celebramos la festividad de san Gregorio de Narek, obispo y doctor; de san Gabriel de la Dolorosa, religioso; y de la beata Francisca Ana de la Dolorosa.


San Gregorio de Narek, obispo y doctor de la Iglesia

Nació en Armenia hacia el año 945. Hijo de Josué, obispo de Andzevatsik, de joven ingresó en el monasterio basiliano de Narek, gobernado por su tío materno, Ananías el Filósofo. Una vez recibida la ordenación sacerdotal, se encargó de la formación de los novicios y, al mismo tiempo, de la delicada misión de reformar los conventos. Esta última tarea le causó muchas enemistades e, incluso, persecución por parte de algunos compañeros monjes que llegaron a acusarle de hereje. De sus obras destaca el Libro de las Lamentaciones, una composición de veinte mil versos que permite apreciar su calidad de gran poeta universal: “No busco el descanso, sino el rostro de Aquel que lo otorga”. Murió en Narek hacia el año 1010 y fue declarado Doctor de la Iglesia en 2015.


San Gabriel de la Dolorosa, religioso

Francisco Possenti nació en 1838 en el seno de una familia acomodada. A la edad de 17 años ingresó en la Congregación de los Pasionistas bajo el nombre de Gabriel de la Dolorosa. Si bien su infancia había sido ordinaria, a partir de entonces su vida se convirtió en un esfuerzo extraordinario por alcanzar la perfección en las cosas pequeñas. Poseía un firme espíritu de oración, de caridad hacia los pobres y de amor al prójimo. A pesar de su vida penitencial, no era nada triste: se dice de él que era simpático, de buen humor y muy servicial. Murió de tuberculosis a los 24 años, el 27 de febrero de 1862, profundamente unido a los sufrimientos de la Virgen al pie de la cruz. Fue canonizado en 1920.


Beata Francisca Ana de la Dolorosa, virgen

Francinaina Cirer (Francisca Ana de la Dolorosa) nació en 1781 en Sencelles, en el corazón de la isla de Mallorca. Su vida fue de una gran sencillez; sus padres la instruyeron en la doctrina cristiana y ella demostró siempre un profundo sentimiento religioso. Sintió la llamada a la vida religiosa, pero chocó con la firme oposición de su padre. Como laica, llevó una vida de consagración a Dios.

Cuando tenía más de setenta años, a raíz de unas conversaciones con el rector de Sencelles y con el permiso del obispo, la beata convirtió su casa en una comunidad de las Hermanas de la Caridad, congregación fundada por san Vicente de Paúl. Se fijó como objetivo servir a los enfermos, instruir a las jóvenes y enseñar el catecismo tanto a niños como a adultos. Murió el 27 de febrero de 1855 y fue beatificada en 1989.