23 de septiembre
Capítulo 5:14-19

Regla de Sant Benet

Obedecer sin murmurar. La obediencia no es una acción mecánica ni un infantilismo ciego que renuncia a la personalidad, sino un acto de libertad lúcida: no obedecemos por obedecer ciegamente, sino que nos adherimos a lo que se nos manda como camino de crecimiento y fruto de un discernimiento hecho con diálogo y corresponsabilidad. Obedecer de mala gana o con murmuración (silenciosa o no) convierte la virtud en una trampa. Hacemos lo que es necesario, cumplimos horarios y rutinas, pero si falta autenticidad nos convertiremos en una lamentación viviente, con un corazón empedernido pendiente solo de nosotros mismos. Esto ya no es obediencia madura, sino conformidad o resignación amarga. La auténtica obediencia pide asentimiento y alegría interior, porque acoger libremente las mediaciones humanas es hacer nuestro el camino de Jesús: no hacer la propia voluntad sino la del Padre.
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14 Pero incluso este tipo de obediencia sólo será grata a Dios y dulce para los hombres cuando se ejecute lo mandado sin miedo, sin tardanza, sin frialdad, sin murmuración y sin protesta. 15 Porque la obediencia que se tributa a los superiores, al mismo Dios se tributa, como él mismo lo dijo: «El que a vosotros escucha, a mí me escucha». 16 Y los discípulos deben ofrecerla de buen grado, porque «Dios ama al que da con alegría». 17 Efectivamente, el discípulo que obedece de mala gana y murmura, no ya con la boca, sino sólo con el corazón, 18 aunque cumpla materialmente lo preceptuado, ya no será agradable a Dios, pues ve su corazón que murmura, 19 y no conseguirá premio alguno de esa obediencia. Es más, cae en el castigo correspondiente a los murmuradores, si no se corrige y hace satisfacción.