22 de septiembre
Capítulo 5:1-13

Regla de Sant Benet

Obedecer por amor y confianza. La obediencia no es una sujeción ciega, sino responder a una llamada hecha desde el corazón del Evangelio: imitar a Jesús, que no vino a hacer su voluntad sino la del Padre. Esta renuncia a la propia voluntad es necesaria, sobre todo, porque tenemos una increíble capacidad de autoengañarnos y de justificar nuestros propios caprichos bajo apariencias de razón. También porque no vivimos solos y estamos condicionados por las necesidades de los demás. Por eso, la obediencia monástica, vivida a la luz del Espíritu Santo, no nace del miedo sino de la confianza y del amor a Cristo, aceptando las mediaciones humanas con un corazón libre y confiado en que es por el propio bien. Y esta confianza se debe trabajar mucho por todas las partes. Al fin y al cabo, esta docilidad no busca anular a la persona, sino sacarla de su propia trampa en bien suyo y de la comunidad.
1 El primer grado de humildad es la obediencia sin demora. 2 Exactamente la que corresponde a quienes nada conciben más amable que Cristo. 3 Estos, por razón del santo servicio que han profesado, o por temor del infierno, o por el deseo de la vida eterna en la gloria, 4 son incapaces de diferir la realización inmediata de una orden tan pronto como ésta emana del superior, igual que si se lo mandara el mismo Dios. 5 De ellos dice el Señor:

«Nada más escucharme con sus oídos, me obedeció». 6 Y dirigiéndose a los maestros espirituales: "Quien os escucha a vosotros, me escucha a mí".

7 Los que tienen esta disposición prescinden al punto de sus intereses particulares, renuncian a su propia voluntad 8 y, desocupando sus manos, dejan sin acabar lo que están haciendo por caminar con las obras tras la voz del que manda con pasos tan ágiles como su obediencia. 9 Y como en un momento, con la rapidez que imprime el temor de Dios, hacen coincidir ambas cosas a la vez: el mandato del maestro y su total ejecución por parte del discípulo.

10 Es que les consume el anhelo de caminar hacia la vida eterna, 11 y por eso eligen con toda su decisión el camino estrecho al que se refiere el Señor: "Estrecha es la senda que conduce a la vida". 12 Por esta razón no viven a su antojo ni obedecen a sus deseos y apetencias, sino que, dejándose llevar por el juicio y la voluntad de otro, pasan su vida en los cenobios y desean que les gobierne un abad. 13 Ellos son, los que indudablemente imitan al Señor, que dijo de sí mismo: "No he venido para hacer mi voluntad, sino la de Aquel que me envió".