Génesis 2:7-9; 3:1-7a / Romanos 5:12-19 / Mateo 4:1-11
Queridos hermanos y hermanas en la fe:
Un proverbio de los antiguos nativos de Australia, dice lo siguiente: "Todos nosotros somos visitantes de este tiempo, de ese sitio. Sólo estamos de paso. Nuestro propósito aquí es observar, aprender, crecer, amar... y después volvemos a casa". Permitidme que haga hoy una breve relectura cristiana de este texto, porque nos puede ayudar a profundizar en el gran misterio de la Cuaresma que hace pocos días hemos empezado.
"Todos nosotros somos visitantes de este tiempo, de ese sitio. Solo estamos de paso". Ciertamente, no somos sino invitados a caminar por estas tierras, a veces idílicas praderas de hermoso color verde, a veces inhóspitos y peligrosos precipicios. Pero, en definitiva, sólo estamos de paso. Somos peregrinos en un mundo que pasa y sabemos que nuestro destino definitivo no está en esta tierra, sino que está mucho más allá del horizonte y de la puesta del sol.
Pero el peregrino tiene una característica importante: sabemos adónde va, pero a nadie le interesa el lugar de donde viene. A Dios tampoco le interesa: da igual cuál es nuestro pasado, cuáles son las culpas que nos atormentan, cuáles son los pecados que llevamos en el secreto. Con la Cuaresma, Dios nos dice sencillamente: "Levántate y anda". La segunda carta a los Romanos nos lo dejaba claro: "el don de la gracia [de Jesucristo] hace justos a los hombres después de muchas caídas". Así pues, no tengamos miedo. Nuestro Dios es el Dios del perdón y de la misericordia: ¡Levantémonos y caminemos!
Caminemos, pues, con el propósito que nos decía nuestro proverbio inicial: "observar, aprender, crecer, amar". Nuestro camino lo tenemos trazado: es aquél que va desde el árbol que hay en medio del jardín del Edén hasta la cruz levantada en el Gólgota. Avancemos, pues, desde el viejo árbol de la condena y la muerte hasta el nuevo árbol de la salvación y de la vida.
Sin embargo, este camino que el cristiano tiene enfrente es a la vez dramático y grandioso. Es dramático porque nunca seremos ese corredor que inicia una carrera con una gran salida y que pone de pie todo el estadio a la expectativa de lo que pasará. Ni tampoco seremos ese corredor que llega al final con un sensacional sprint que deja a todo el mundo boquiabierto. La vida del cristiano es como la del corredor en medio de una carrera de relevos: en el momento indicado, tomamos el testimonio, corremos lo mejor que sabemos y, finalmente, lo entregamos a aquel que debe seguir adelante. No entender esto es la gran tentación que nos puede hacer creer que somos capaces de convertir las piedras en panes, de arrojarnos al precipicio para que los ángeles nos recojan, o bien de adorar a quien nos trae la muerte y no la vida. Hermanos, todo lo hemos recibido y todo lo dejaremos a la hora de nuestra partida. Ni hemos empezado nada, ni terminaremos nada.
Pero, como decíamos, este camino del cristiano es también grandioso. Ser el corredor del medio de una carrera de relevos nos enseña que nunca podremos conseguir nada nosotros solos, que el sentido de la vida se encuentra en los demás. Nos necesitamos unos a otros. En el fondo, el camino cristiano nos enseña que hay una única cosa que vale la pena: el amor con el que amamos y el amor con el que nos dejamos amar.
Y he aquí que llegamos a la última curva de nuestro itinerario porque, al final de todo, volvemos a casa. O, mejor dicho, llegamos a casa. Hemos caminado desde el primer jardín donde estaba el árbol de la vida hasta el segundo jardín donde se encuentra el árbol de la cruz. Nos queda todavía otra etapa: tenemos que llegar hasta ese otro jardín donde está el sepulcro vacío de Cristo Resucitado. Pero resulta que no existe camino entre la cruz y el sepulcro vacío: la distancia es corta pero no hay camino. Aquí es necesario que la fe y la esperanza se queden atrás porque sólo entonces el amor final puede resplandecer con toda su fuerza.
Y es el amor, y sólo aquel que es el Amor, que es capaz de llevarnos hasta esa mañana primaveral de Pascua, donde el Señor nos espera con los brazos abiertos.