Inocentemente, pensando qué me podía decir un buscador de internet sobre la expresión «eres un mártir», y buscando especialmente los usos de esta expresión cuando la decimos coloquialmente, haciéndonos un poco las víctimas pero sin el peso vital y teológico del martirio, me encontré con que el ordenador se sentía interpelado directamente por este «eres un mártir» y, a través de la inteligencia artificial —que siempre es lo primero que sale ahora cuando ponemos una palabra—, me decía:
«No soy un mártir, sino un modelo de lenguaje inteligente. No tengo sentimientos, creencias ni un cuerpo físico, de manera que no puedo sufrir ni sacrificarme por ninguna causa.»
Diciéndome lo que no era, me dio la definición fuerte, no la coloquial, de mártir: una persona, con cuerpo, sentimientos y creencias, que se sacrifica por una causa.
Si le añadimos la referencia cristiana, diremos que un mártir es, pues, un testigo de la verdad de Dios; esta es la causa de un mártir de Jesucristo.
Esta expresión entraña dos retos importantes. El primero es poner nombre a la verdad de Dios. El segundo, serle fieles.
Y la verdad, ¿qué es? Es la pregunta que se han hecho los pensadores desde siempre. Es tan antigua que ya se la hizo Poncio Pilato a Jesucristo durante el interrogatorio del Viernes Santo, como nos relata el Evangelio de Juan.
Necesitamos tener un poco claro de qué somos testigos. Y esto no es tan fácil porque la verdad de Dios es una sola cosa pero es poliédrica, tiene muchos lados, casi tantos como realidades personales de cada uno y maneras de acercarnos a ella.
No la entenderéis exactamente igual vosotros, escolanes, que los ancianos de nuestra comunidad o que muchos de los que me escucháis, pero todos nos referiremos a un solo Dios, en quien creemos por la fe.
La primera y la segunda lectura de hoy quieren decirnos cómo para nuestros monjes mártires esta verdad de Dios estaba ligada a la montaña de Montserrat, y por ella se significaba todo lo que el profeta Isaías y la Carta a los Hebreos dicen de la montaña de Sión: un lugar de felicidad, de salvación, de seguridad de la fe porque nos sitúa al término de nuestro camino, in statu patriae, como decía san Agustín.
Los mártires, por la persecución y la muerte, pasaron de esta montaña a la casa de Dios. Fueron testigos de aquello que vivían: la fe cristiana y la vocación monástica, que se tradujo en una especie de obediencia pasiva a la realidad y a las circunstancias que jamás hubieran imaginado. Las lecturas y el ejemplo de los beatos mártires de Montserrat nos ayudan a nosotros, monjes, a pensar que el fundamento de nuestra verdad es tan simple como confesar la fe cristiana, la vida benedictina y la vocación de «ser montaña», de ser santuario, de ser el lugar donde «Dios se encontrará con los hombres». En esta última vocación de hacer de Montserrat la Montaña donde Dios se encuentra con nosotros nos acompañáis los escolanes con vuestro servicio de oración y de acogida a través de la música.
Como he dicho, el segundo reto de la frase de hoy es ser coherentes, ser testigos de aquello que creemos. El Evangelio de hoy nos deja muy claro que esta verdad de Dios no es neutra. No lo es porque reproduce la imagen de Jesucristo, que tampoco fue neutro. «El mundo nos odia porque lo odia a él», dice con lenguaje fuerte. La verdad de Jesucristo provoca que naturalmente las razones del mundo se resistan y se rebelen.
No es fácil definir qué es del mundo y qué es de Dios. Para quedar libres del error de que cualquier ideología se apropie de la figura de Jesucristo nos servirá tal vez ver qué beneficia a la persona humana concreta, qué construye una sociedad del amor que se preocupe de los más débiles, y qué sirve a otros intereses. Y también tener la humildad de quien no se cree en posesión de toda la verdad, sino que se pone en el papel de quien busca y avanza, dejándose siempre interrogar por el Evangelio.
Nuestros beatos mártires, en cuanto monjes benedictinos, buscaban a Dios y murieron por la coherencia simple de ser lo que eran. Pasaron de la montaña de Montserrat, como del Sinaí palpable, a la montaña de Sión. Ellos acabaron su camino de esta manera trágica. La enseñanza que nos dan a nosotros, que seguramente no seremos muertos violentamente por nuestra fe, es la de la disponibilidad diaria a creer y hacer presente a Dios en esta montaña para que se convierta también en esperanza para tantos peregrinos.
En una de las inscripciones de la cripta donde están enterrados nuestros mártires está escrito: «El odio se ha convertido en amor». Si Dios hubiera respondido al odio del mundo con la misma moneda, no estaríamos aquí. Estamos aquí porque Jesucristo es la respuesta de amor de Dios a la humanidad. Y nosotros quisiéramos hacer lo mismo en todo. Esta es la coherencia martirial que nos pide hoy el mundo: convertir el odio en amor.
Nos sostienen en esto las palabras del final de la lectura del libro de Isaías: «Es el Señor en quien teníamos puesta la esperanza. Alegrémonos y celebremos que nos haya salvado». Este sentimiento y esta fe nos hermana con todos los que desde el profeta han creído, nos hermana con nuestros mártires, nos da la perspectiva de la historia que nos permite confiar en el presente y en el futuro donde sea posible desear que la montaña de Dios sea más real en nuestra sociedad y en nuestro mundo, en el cual podamos responder con amor al odio.
¡Qué lejos está todo esto de la frialdad del buscador de Google que dice que no tiene corazón, que no tiene sentimientos! Afortunadamente es bastante honesto como para reconocerlo. Pero seamos lo suficientemente inteligentes para que, si un día el buscador dijera otra cosa, no nos lo creyéramos. La verdad de la fe, la verdad de Dios, el testimonio y el martirio solo son propios de los hombres y de las mujeres. Conservémoslo como una dignidad y un patrimonio innegociable e insustituible.