Homilía del P. Jordi Castanyer, monje de Montserrat (11 octubre 2026)

Domingo XXVIII del tiempo ordinario (A)

Abadía de Montserrat - ES 11 de octubre de 2026
Isaías 25:6-9 / Filipenses 4:12-14.19-20 / Mateo 22:1-14



Muy queridos: empiezo con dos previas a la homilía propiamente dicha.

Como que probablemente a muchos os ha extrañado el final del evangelio que acabamos de escuchar —este rey que invita a todos al banquete, buenos y malos, pero que después recrimina fuertemente a uno que no va vestido como es debido— os digo que hemos escuchado no una sino dos parábolas: la de los invitados a un banquete de bodas y, en segundo lugar, la del vestido que hay que llevar si aceptamos la invitación; esta segunda es un añadido que solo encontramos en el evangelio de san Mateo. Después me referiré a ella.

Y una segunda previa que sirve para todas las parábolas que nos explica Jesús. Si las escuchamos como si, sentados en la platea de un teatro, contemplásemos lo que sucede en el escenario, podéis estar seguros de que no captaremos ni el significado ni, sobre todo, la carga provocativa que contiene y que está en la intención de Jesús. Debemos ponernos en el escenario, en la piel de cada personaje.

Jesús, lo hemos oído, propone hoy las parábolas a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo. Gente sabia, gente importante, gente seguramente cumplidora de la ley, que predica y que impone las normas que hay que seguir, pero que también, seguramente, menosprecia a los ignorantes y a los tenidos por pecadores. Satisfechos de sí mismos, atareados por mil cosas a menudo superfluas, pasan de largo de lo más importante: la justicia, la bondad, la misericordia... como aquellos que pasan de largo a pesar de ver que al borde del camino hay un herido que pide ayuda. Dios les invita a un banquete, a sentarse a la mesa con él, a gozar de su amor. Pero lo rechazan; tienen cosas más importantes que hacer. Podemos ser nosotros, hermanos, por más que no nos consideremos notables del pueblo ni, la inmensa mayoría, porque no lo somos, grandes sacerdotes, quienes ufanos de nuestra pertenencia a la Iglesia católica no somos conscientes de que somos invitados permanentemente a la comunión con Dios mismo; estamos en ella, pero no la gozamos, como el hermano mayor de la conocida parábola llamada del hijo pródigo: está en casa del padre y no la disfruta. Y no solo no la gozamos, sino que vivimos atreídos por mil cosas y rechazando tantas invitaciones de Dios. «¿Quieres venir?», nos dice; «lo tengo todo a punto, para ti y para todos. ¿Quieres participar de mi gozo?». Pero nosotros rechazamos su comida, su bebida, que es él mismo, y vamos tras pozos sin agua y manjares que no satisfacen.

Dice la parábola que el rey envía tozudamente a sus hombres a avisar a los invitados. Ahora pongámonos en la piel de estos hombres. Dios nos envía; tú, aquel otro y yo mismo, todos los que ahora estamos aquí y los que desde donde sea estáis unidos a Montserrat, todos somos enviados; la Iglesia es enviada. ¿Dónde? Al mundo, y quien dice al mundo dice a cada lugar donde vivimos, donde trabajamos, lejos o cerca. Debemos ser misioneros, con nuestra palabra y nuestra vida. Dios, que nos envía, a nadie excluye; no excluyamos nosotros, pues, tampoco a nadie. Seamos portadores de esta buena noticia: Dios acoge a todos, sí, también, y sobre todo, a aquellos que se sienten excluidos por parte de los bienestantes, de los perfectos cumplidores.

Y ahora viene el vestido de bodas, la otra parábola que Mateo añade a la anterior. Jesús nos dice que no basta con ser invitados al banquete; la invitación, que nunca nos merecemos, proviene de la benignidad de Dios, es cosa suya, de su amor. Nosotros la aceptamos, de acuerdo. Pero es necesario que nos hagamos, al menos, un poco dignos, coherentes con la invitación que hemos aceptado libremente. El vestido de bodas es la caridad, la justicia, la bondad, el perdón. Porque, dicho con una expresión quizás demasiado directa, no basta con venir a misa, con sentarnos a la mesa con el Señor; hace falta coherencia de vida. Hace falta, como diría san Pablo, quitarnos el vestido viejo y revestirnos de Jesucristo mismo, el vestido de bodas.

Hermanos, estamos a la mesa, hemos aceptado la invitación que el Señor nos ha hecho a sentarnos con él, a escuchar su palabra y a comer el alimento que es él mismo. No nos lo merecemos, no somos dignos. Él nos hace dignos. Pero miremos qué vestido llevamos; seamos coherentes.
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