Isaías 5, 1-7; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43
Cada domingo la Iglesia nos propone una perícopa del Evangelio que nos debe ayudar a meditar sobre el itinerario espiritual propio y el de la comunidad de creyentes. Debemos situar el Evangelio de hoy hacia los últimos capítulos del Evangelio de san Mateo, donde vemos cómo Jesús va mostrando, con parábolas y sentencias, las actitudes para acoger el Reino de Dios. Es un balance sobre el recorrido que hicieron los principales responsables del pueblo; y hoy podemos ver, a través de la parábola, la misma experiencia de Jesús que anticipa el final de su vida.
Jesús se dirige a los sumos sacerdotes y a los notables del pueblo; dicho de otro modo, a los dirigentes, que con sus decisiones condicionan la vida de todos. La parábola describe una viña muy bien protegida cuando nos dice que «la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y construyó una torre de guardia». En la primera lectura se nos dice cuál es el significado de la viña: «La viña del Señor del universo es el pueblo de Israel». Y lo hemos ido repitiendo en el salmo responsorial. Isaías nos hace saber quién es el verdadero dueño del pueblo al añadir: «Esperaba justicia, pero solo ve injusticias; esperaba bondad, pero oye el clamor de los oprimidos».
Con la parábola, Jesús se inspira en la alegoría que hemos escuchado en la primera lectura. A medida que la hemos ido escuchando, hemos visto que una y otra vez la responsabilidad de los viñadores no ha servido para los objetivos de hacer fructificar la viña al servicio del dueño que los había puesto como responsables, sino que han mirado por sus intereses personales. A todos aquellos a quienes el dueño envió para pedirles cuentas de su gestión, los fueron eliminando hasta llegar al hijo del dueño. Nosotros entendemos que quienes iban a pedir cuentas se refieren a los profetas que denunciaron situaciones injustas creadas por los gobernantes de aquel momento. Al final, al decir «el hijo del dueño», se refiere a Jesús mismo. Quisiera subrayar que, a la hora de atentar contra el hijo del dueño, los viñadores dicen: «Matémoslo y quedémonos con su herencia».
Hoy encontramos muchas situaciones políticas en las que, para apropiarse de las riquezas de otros, no solo hay amenazas de muerte, sino que, desgraciadamente, hay guerras de las llamadas híbridas que llevan a la destrucción, la hambruna, la injusticia y la muerte. Como los viñadores, no dudan en destruir y matar. Esta parábola también debe ser para nosotros una alerta por si nos dejamos llevar por actitudes posesivas. Todos tenemos responsabilidades: unos a un nivel modesto, otros a un nivel más alto, otros a un nivel altísimo. Para todos es decisiva la actitud que asumimos respecto a las responsabilidades que nos han sido dadas. La tentación en la que podemos caer es siempre la misma: adoptar una actitud posesiva, diciendo: «Dios me ha dado unos dones, soy su propietario y hago con ellos lo que quiero. He recibido un lugar de autoridad, me aprovecho de esta situación en beneficio propio y me olvido de que el ejercicio de la autoridad debe ser en bien de todos».
La actitud posesiva está en la base de muchísimas injusticias. Con ella querríamos alcanzar la felicidad, pero, en realidad, no es así. En efecto, la verdadera felicidad solo se encuentra en una vida de amor y de servicio a los demás. Todos los dones y talentos que Dios nos da son instrumentos para poder amar y servir al prójimo. Si ejercemos la autoridad de manera egoísta seremos como los viñadores de la parábola: habremos eliminado y matado a Cristo en nuestra vida, aunque nos autodenominemos cristianos. Nuestros hechos hablarán por sí mismos.
Los cristianos estamos llamados a vivir de manera generosa, con espíritu de amor y de servicio. Hagamos balance de nuestros frutos.