Domingo V Cuaresma (C)

Estimados hermanos en la fe:

Cuando un grupo de escribas y fariseos se acercaron al Señor y le pusieron en frente a una mujer que había cometido adulterio, la actitud de Jesús fue sorprendente: se inclinó y se entretenía dibujando en el suelo con el dedo. Este gesto nos remite al origen de los tiempos, cuando al inicio del libro del Génesis nos relata que el Señor Dios tomó polvo de la tierra y modeló al hombre. El Padre, en la creación, tomó polvo y, dibujando en ella su imagen y semejanza, creó al hombre. El Hijo, agachándose hasta el suelo, volvió a dibujar sobre la mujer pecadora la imagen y semejanza que el pecado había comenzado a borrar.

En el Edén había también una serpiente, la que tentó a Adán y Eva para que comieran del fruto que el Señor les había prohibido. Ahora, ante Jesús están los escribas y los fariseos. Estos, astutos como el más astuto de los animales, escupen su veneno de injurias, de mentiras y de calumnias. La serpiente fue condenada a ser el más maldito de todos los animales y el Señor la enemistó con la mujer: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Ella te herirá en la cabeza y tú la hieras en el talón » (Gén 3,15).

Efectivamente, la serpiente ahora ha atacado a la mujer en el talón. Los escribas y los fariseos han tomado como víctima a una mujer adúltera. La han cogido, la han llevado ante Jesús y ahora quieren matarla con el castigo que la Ley establecía: la lapidación. Detrás de esta mujer pecadora, está Eva, aquella que comió del fruto prohibido del árbol del paraíso. Y detrás de Eva está toda la humanidad caída, mordida por la serpiente, inoculada con el veneno del pecado. Detrás de la adúltera, Eva; detrás de Eva, toda la humanidad.

Desde el origen de los tiempos y hasta ahora, el hombre y la mujer han vivido en su interior el más profundo de todos los dramas: el desgarro entre la bondad y la maldad, entre el perdón y el pecado, entre la muerte y la vida. Al igual que la mujer adúltera, todos nosotros nos encontramos en medio de una gran batalla: a un lado tenemos Cristo, que nos recuerda constantemente que somos hijos de Dios, creados a su propia imagen y semejanza; al otro lado tenemos la serpiente, que también constantemente nos hace caer en el pecado. Lo describe el Apóstol, cuando dice: «Veo que soy capaz de querer el bien, pero no de hacerlo: no hago el bien que quiero, sino el mal que no quisiera» (Rom 7,18-19).

Sólo Cristo nos puede liberar de este abismo que llevamos dentro de nuestro corazón, sólo Cristo puede curar esta herida del pecado original. Pero ahora, al más astuto de los animales, la serpiente, no le basta con su presa, quiere atacar también a Jesús. Los escribas y los fariseos quieren engañar Jesús y le hacen una pregunta «insidiosamente, buscando el pretexto para acusarlo». Jesús repite lo que ya había hecho antes: se agachó y continuó dibujando en el suelo.

Y la serpiente antigua reconoció rápidamente este gesto y a quien tenía delante; reconoció al instante aquel que es la imagen perfecta del Padre. Tenía delante a Dios mismo, aquel que había creado el mundo, aquel que la había condenada en el Edén a arrastrarse sobre el vientre y comer polvo toda la vida. Al instante se sintió definitivamente vencida. Y los escribas y los fariseos huyeron uno tras otro, serpenteando por el camino, arrastrándose por el suelo debido a la humillante derrota.

Pero así como en el Edén se cernía la sombra del árbol del bien y del mal, sobre el evangelio planea la sombra de la cruz, el nuevo árbol de la vida. Hacían falta la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo. Así, si a través del antiguo Adán entró el pecado en el mundo, gracias al nuevo Adán, han entrado el perdón y la salvación. Adquieren aquí pleno sentido las palabras del profeta Isaías: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?».

La sentencia definitiva e inapelable ha sido dictada: el Señor no ha condenado al hombre sino al pecado.

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